Cuán grande error fue enamorarme del joven que fumaba.
El cigarro su ansiedad mataba.
Qué error fijarme en cada instrumento que usaba para realizar aquella hazaña.
Sus ojos aquellos que reflejaban cansancio y una vida agotada.
Aquella lo mataba.
¿Por qué referirme a un cigarro como “ella”?
Ella lo envolvía parecía que siempre la necesitaba.
¿Cómo no envidiarla y querer remplazarla?
¿Cómo no querer ser aquella que lo dispersaba?
Aquella era muy envidiada.
Sabia sus más profundas penas, no lo lastimaba.
No los rebelaba y él tan solo la fumaba.
Mientras ella en sus prendas se impregnaba.
Aquella lo enamoraba.
Aquella le encantaba.
Aquella siempre era buscada,
y yo tan solo era ignorada.
Qué más da no puedo remplazarla.
Y él no puede abandonarla.
Su aroma combinado generaba aquella infusión la cual me embriagaba.
Sus labios hacían un juego perfecto con aquel cigarro que fumaba.
Y al final qué error fue fijarme en alguien que no me amaba.



