No apures el metal, Emilia. Dejame
bañarte, quitarte el mineral muerto
de tus pupilas, la resina mustia
de los párpados y déjame,
también, bordarte puntos de fuga
que empiecen en tus clavículas
y acaben en mis hombros flacos.
Extendete sobre la tierra húmeda,
hasta que caiga el mucílago;
deshojate entera, capa a capa,
quiero probar la savia espesa de tus piernas
y guardarla en mi botella de Malbec,
para esos domingos lluviosos que tanto nos gustan.
Quiero remojar tus raíces
en nuestra bacha usada, Emilia,
y sentir con mis yemas
tus vitrales azules transpirados, quiero
que goteen líquenes castaños
de las canillas, lavarnos
la ceniza púrpura de este invierno porteño.



